Maldito destino, si, “maldito” es la única palabra que te calza si no me equivoco al sentir que te queda chica aún.
¿Por qué has indagado tanto miedo a mi corazón? ¿Por qué intentas bloquear mis débiles pasos, sin razón? Apuesto a que te diviertes absorbiendo cada respiración que desprendo con cada grito silencioso de dolor.
Cedo a intentar encontrarme contigo, porque por algunos momentos agonizo, mientras retuerces con gusto, la daga que me has clavado al recibirme en tus brazos; y por otros, pareces elevarme en un cielo que pocos conocen sus aires.
Me cansé, simplemente me cansé de escribirte cartas de súplicas, porque ninguna se adecúa a lo que te gustaría leer. Presa de mi propio sendero, paralelo a la ruta de mis sueños pero nunca pegada a ella, escribo aquellas notas destinadas a ti, pero las arrojo por una ventanilla, deseando que solamente desaparezcan, porque se vuelven tan absurdas, tal como su emisora.
Finalmente creo estar encontrando la palabra. Es nada más que una, pero desencadenan un deseo que podría sustituir a cualquier otro… “libérame”.
Y por eso aquí has de verme, viniendo a retirar un cuerpo muerto, golpeado, sangrante, frio, inerte, caído; para darle entierro, y así, dejarle encontrar su paz, justificando cada gota de llanto y sangre. Después de todo, sabemos cuán derrotado nos sentimos al morir en vano.




